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El destino Cabo Raso

En Chubut, Patagonia Argentina, junto al mar abierto y a unos 150 kilómetros al sur de la ciudad de Trelew y 90 kilómetros al norte del pequeño y bellísimo puerto de Camarones, hay un pequeño destino turístico que una vez fue un pueblo pujante. Cabo Raso llegó a tener más de 200 habitantes, estafeta de correo, juzgado de paz, telégrafo, escuela albergue, almacén de ramos generales, calles y casas. Fue el centro de actividad de las estancias cercanas, entre ellas “La Maciega” donde vivió Juan Domingo Perón en su infancia desde el año 1901, y era el puerto desde el que salía lana y trigo patagónicos al mundo.

¿Y qué sucedió? La nueva traza de la Ruta Nacional Nº 3 entre Trelew y Comodoro Rivadavia marcó el principio del fin de Cabo Raso. La línea recta uniendo las dos grandes ciudades de la provincia del Chubut, disminuyó distancias, eliminando el zigzagueo por los barrancos de la estepa y los cañadones hasta el mar y la amplia curva de la ruta de tierra que acompañaba la geografía del Golfo San Jorge. Así se logró reducir los tiempos, pero se perdió un paisaje cuya belleza impresionante los automovilistas ya no disfrutan, a menos que se dirijan hacia la costa, por la ruta provincial de tierra que va a Punta Tombo.

Una historia de amor

Con el nuevo camino, el pueblo quedó lejos de todo, fuera del mapa. Los pobladores se fueron yendo, y hoy sólo quedan las ruinas de los edificios, las casas abandonadas con los agujeros de lo que fueron sus puertas y ventanas como cráneos huecos, molinos retorcidos por los vientos patagónicos, el casco de un barco que naufragó contra los roquedales, soledad, misterio y magia.

La última pobladora se llamó Mercedes Finat. Nunca salió de Cabo Raso y tenía su almacén de ramos generales llamado La Castellana. Fue la central del telégrafo. Los muros del local están casi derrumbados, pero en el frente se conserva el cartel de madera, torcido y erosionado por los frecuentes vendavales de la zona. Mercedes Finat se negó a irse, como sí lo hicieron todos los pobladores de Cabo Raso. Y murió allí, sola, en la Castellana. Con ella, en 1985 se apagó el último poblador de Cabo Raso. Sus restos al igual que los de otros habitantes de lo que fue ese pueblo, están en el pequeño cementerio que mira al océano.

Y otra historia de amor

Con el tiempo algunos pescadores, viajeros natos y buscadores de mejores vidas, fueron llegando a lo que quedaba de Cabo Raso, y habitaron sus ruinas los fines de semana de verano. Así fueron pasando los años hasta que en los principios de siglo Mariane y Eduardo descubren que el cabo abandonado es su lugar en el mundo.

Comienzan a ir con frecuencia, luego se instalan por largos períodos, más tarde van con hijos, familia, perros y todo, y empiezan a recrear lo que ayer fue un pueblo promisorio, y hoy es un sitio único en Argentina por su ubicación, su ambiente y su energía.

Cabo Raso hoy

Transitando desde la localidad de Camarones, por el camino de tierra se cruzan guanacos y maras. Los zorros suelen verse al atardecer. A menos de una hora de viaje y dejando atrás la estancia La Maciega, se avista el mar. Amplio, generoso. El Cabo Raso penetra en el océano y crea una enorme bahía con playa de pedregullo, a donde las olas se desploman levantando espuma. En los alrededores, se tiende la estepa, apenas ondulada.

Aparece, entonces a la vista, un caserío desparramado a la vera del camino y en sus proximidades. Las casitas se están reconstruyendo, ya hay varias habitables que forman parte del complejo que los viajeros y turistas utilizan para hospedarse.

El camino pasa por el medio de lo que fue el pueblo y al aproximarse uno va viendo que lo que de lejos parecían las ruinas del pueblo, han vuelto a vivir. Hay una construcción centran con un gran quincho, comedor, proveduría… alrededor las casas en que uno puede si quiere quedarse unos días. También hay camping. Pero lo que más hay en Cabo Raso hoy, como una especie de raro homenaje a Mercedes Finate, es un amor que sobrevuela, que está siempre presente en la generosidad de quienes lo administran, y que hace que uno si va, no quiera irse. Y si se va, quiera volver mañana.

Atractivos:
El nuevo pueblo y las ruinas del pasado son de por sí un bello atractivo. Hay a pocos metros detrás de la loma, entre las rocas del cabo, el casco rojo de un barco que se partió en dos abatido por un temporal. Junto a él, sobre la restinga, se cultiva sal marina. Esto dio origen a otro de sus atractivos. Los primeros días de febrero se celebra allí en el cabo la Fiesta de la Sal Marina. La fauna de la zona es otro entretenimiento imperdible. Hay lobos marinos, petreles, choiques, guanacos y la típica flora patagónica.

Actividades: Las características del mar hacen que las costas de Cabo Raso sean ideales para la práctica del surf, dentro de lo que se pueda practicar en las costas argentinas. También hay lugar para los amantes de la pesca. Descansar, contemplar, disfrutar… son entre paseos, caminatas y salidas, lo más disfrutado en las instalaciones de Cabo Raso.

ADVERTENCIA: Vale la pena contarle, por si no lo sabe, que en Cabo Raso no hay luz ni agua corriente. Eso hace que sea un sitio sustentable, en que todo se recicla, se cuida, se respeta. Las comodidades cuestan mucho esfuerzo. Hay energía eólica y el agua es oro. Vaya bien provisto si piensa quedarse.


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