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En “Al antojo del cocinero” el hilo se corta por lo más delgado

Los buenos restaurantes se quejan de que en estos tiempos de redes sociales afiladas, algún error o la mala intención de un cliente los destroza y les causa mala fama injustamente. Del mismo modo sucede que algunos misteriosamente cobran buena fama, injustamente. Va la crítica gastronómica de nuestra olvidable visita a "Al Antojo del Cocinero".

Habíamos escuchado hablar mucho de "Al Antojo del Cocinero", restaurante bien conceptuado y recomendado en casi todas las redes sociales y aplicaciones afines. Los intentos de una visita de producción para una nota habían sido infructuosos en viajes anteriores, entonces nos decidimos a ir a probar su cocina como comunes comensales.

 

Una de las cosas que nos habían dicho era que no era fácil conseguir lugar, entonces nos comunicamos telefónicamente para reservar. Para nuestra sorpresa aunque el sábado a las 22 horas había amplia disponibilidad. Empecé a pensar si no estaría empezando a bajar su calidad para que algo hubiese cambiado en la preferencia de los clientes.

 

Fuimos dos personas, llegamos puntualmente y nos recibió una recepcionista en una casa sin demasiada apariencia de restaurante, como una especie de Indor. La primera impresión fue algo extraña, porque con excepción de la primera sala el resto de la casa se hallaba completamente vacía. Enseguida entendimos que esto se debía a que las mesas habían sido llevadas al patio trasero.

 

Elegimos el patio. Su calidez y armonía nos ilusionó con una excepcional velada.

 

El patio es de verdad cálido y lindo, con reminiscencias de esos típicos restaurantes italianos de pequeñas mesas con manteles a cuadros, cálidas luces de farolitos que cuelgan de los árboles y un hermoso parral cargada de grandes racimos de uva listos para cosecharse.

 

La vid fue justamente motivo de la primera sorpresa negativa. Al halagar sus racimos a la recepcionista-maitre-camarera (que además supimos luego que es la esposa del mentado cocinero del antojo) preguntándole si las uvas estaban incluidas en el menú, ella interpuso la cortante respuesta “si me tocan las uvas les corto las manos”. Lo tomamos en broma pero encendió la primera alarma. No había sido nada cortes como para bromas de ese tono.

 

Con entusiasmo y el mejor humor posible pasamos al menú.

 

Cuatro entradas, cuatro principales y otros tantos postres. Una carta corta pero tentadora, pretenciosa, que invitaba a esperar lo mejor. De las entradas elegimos una ensalada de vieiras a la plancha con duraznos y rúcula. Los principales fueron unos gnoqui de calabaza con gírgolas y un salmón en papa rosti acompañada de hojas verdes. Descartamos un risotto de frutos de mar y un ojo de bife bastante sencillo porque queríamos ver la mano del chef.

 

Cuando llegó la entrada tuvimos otro disgusto con la atención. Habiendo colocado el plato de la ensalada en medio de los dos comensales se nos indicó que usásemos los pequeñísimos platos del pan para compartirla. Por supuesto no accedimos y se nos trajo un plato adicional.

 

La ensalada era deliciosa, abundantes vieiras bien cocidas, finos gajos de duraznos también asados,  una cama de rúcula y finas láminas de rabanitos que no figuraban en la carta pero estaban bien. Nos llamo la atención un poco de exceso de aceite en la vinagreta pero pasó.

 

Al llegar los principales todo empezó a empeorar. Los gnoqui eran realmente blandos y se empastaban en un plato hondo encharcado de salsa aceitosa sin sabor. Decepcionantes. La papa rosti con salmón, aún peor. El aspecto era poco agraciado (como verá en las fotos) el sabor a pescado soso, y la capa de papa rosti una verdadera esponja con aceite en exceso, mojada como un puré, no rosti como Dios manda. Más que decepcionante.

 

El exceso de materia grasa puede ser una de los anunciados “Antojos del Cocinero” (aunque uno esperaría que lo advierta). Pero  lo peor estaría por llegar, cuando ante la pregunta “¿le gustaron los gnoqui?” (por el salmón no preguntó) la respuesta fue “realmente no”. Era obvio porque el plato estaba lleno, casi sin tocarse. Explicamos las evidentes fallas en el plato y la camarera respondió “que raro, nunca me devuelven los gnoqui y siempre salen así”. Insistimos en que no era un reclamo ni un intento de no pagar el plato, pero ella también insistió en un momento diciendo “los probamos con mi marido y para nosotros están perfectos”. Mutis por el foro. 

 

Pedimos la cuenta (nobleza obliga, no cobraron los gnoqui) y nos fuimos llevándonos la media botella de delicioso Reserva Malbec de Jean Riviere que quedaba.

 

Nos llevamos también la certeza de no volver. Porque un plato puede fallar, incluso todos los platos pueden fallar una noche, pero lo que no debe jamás acontecer es que se trate al cliente con desdén y aires de superación.

 

Ahora, si queres salir a comer en San Rafael, seguí nuestros consejos de siempre y elegí "Me Saco el Saco", "Nina Café", "la Delicia del Boulevard", "Lupe", LÒbrador, Chez Gastón… cualquiera de nuestros anunciantes, en los que no hemos tenido jamás problemas para disfrutar una comida. 

 

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Fuente: DDA
Contacto: Info@destinosdeamerica.com

 

 


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